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Pedro Leyva Domínguez

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Drug Violence in Mexico

Guerra a las drogas

Informe Bourbaki

Superar la impunidad

Palabras de Javier Sicilia al iniciar la Caravana

12 de agosto de 2012 (Javier Sicilia).- Antes de iniciar nuestra Caravana por la Paz en territorio estadounidense, queremos comenzar con unos versos del canto XLV del norteamericano Ezra Pound: “[…] con usura, pecado contra natura,/ tu pan es cada vez más de trapos viejos/ seco es tu pan como papel/ sin trigo de montaña ni harina fuerte// con usura la línea se hace gruesa/ con usura no hay clara demarcación/ y ningún hombre puede hallar sitio para su morada […]// CON USURA/ no viene la lana al mercado/ la lana no da ganancia con usura/ la usura es una morriña […]// la usura asesina al niño en el vientre/ impide el galanteo del muchacho/ ha traído parálisis al lecho, yace/ entre la novia y el esposo.// CONTRA NATURAM// Han traído putas a Eleusis/ cadáveres se han sentado al banquete/ invitados por la usura.”

[…] with usura, sin against nature,/ is thy bread ever more of stale rags/ is thy bread dry as paper,/ with no mountain wheat, no strong flour// with usura the line grows thick/ with usura is no clear demarcation/ and no man can find site for his dwelling […]// WITH USURA// wool comes not to market/ sheep bringeth no gain with usura/ Usura is a murrain […]// Usura slayeth the child in the womb/ It stayeth the young man’s courting/ It hath brought palsey to bed, lyeth/ between the young bride and her bridegroom// CONTRA NATURAM// They have brought whores for Eleusis/ Corpses are set to banquet// at behest of usura.

Porque la usura —esa búsqueda inmensa de ganancias a cualquier costo—, la usura de la guerra contra las drogas, de las armas, de los bancos que lavan dinero, esa usura que viene de los Estados Unidos, que se ha enquistado en México y se extiende como una gangrena por el continente americano y el mundo, nos ha llenado de dolor, de miseria, de muerte, de desprecio por lo humano y por la tierra que es el rostro de Eleusis, guardemos un minuto de silencio.

Hoy, 12 de agosto, desde esta ciudad fronteriza, tierra de los kumiai, de fray Junípero Serra y del sueño soñado por los Flores Magón de una república anarquista, entramos a territorio estadounidense. Semejantes a los colonizadores del siglo XIX vamos en caravana. A diferencia suya no nos movemos en las legendarias prairi schooner (“goletas de las praderas”), sino en autobuses y coches modernos; a diferencia suya, también, transitaremos por una ruta inversa, no del Este hacia el Oeste, sino del Oeste al Este, porque nuestra tarea no es la colonización, sino el rescate de lo que esa colonización, en medio de sus dolores e injusticias, pero también en medio de sus aciertos, trajo al continente americano: la democracia.

Hoy, la democracia de Estados Unidos, al igual que la de México y del mundo entero, está entrampada. Uno de esos entrampamientos es la guerra contra las drogas que ha generado formas de vida contrarias a la democracia. Los casi 70 mil muertos, los más de 20 mil desaparecidos, los más de 250 mil desplazados y los cientos de miles de huérfanos y viudas, que esta guerra ha dejado en los últimos cinco años en México, lo muestran. Lo muestran también no sólo los dos millones de prisioneros que hay en Estados Unidos por el simple delito de poseer unos gramos de droga, sino el comercio legal e ilegal de armas que viniendo de Estados Unidos apertrecha lo mismo a las fuerzas armadas que a las organizaciones delictivas, el lavado de dinero que, a través de bancos estadounidenses y mexicanos, genera entre 19 y 39 billones de dólares de usura que destruye los tejidos sociales, el crecimiento de la vulnerabilidad de los migrantes y su criminalización por el hecho de ser pobres, latinos o afroamericanos. Todo en esta guerra está poniendo en crisis lo mejor que los Estados Unidos le ha dado al mundo: la democracia.

La democracia, sin embargo, tiene en su fondo una profunda capacidad de regenerarse y mantener viva la fuerza de las sociedades abiertas. Esa fuerza, que radica en la voluntad de la gente, puede impedir que los Estados policiacos y militares se vuelvan de nuevo dominantes. Por ello —es lo que queremos decirle a lo largo de esta caravana a cada ciudadano norteamericano y, a través de ellos, a cada ciudadano mexicano y centroamericano— el problema de las drogas debe resolverse con todas las organizaciones de la sociedad civil y desde una perspectiva humana y no prohibicionista y bélica. Si continuamos dejando el problema sólo en manos de los gobiernos y de las organizaciones políticas, lo único que tendremos es más violencia y un crecimiento mayor de Estados que disfrazados de democracia se volverán cada vez más policiacos, militares y xenofóbicos.

Los ciudadanos, tanto de México como de Estados Unidos y de Centroamérica, no podemos, en nombre de la democracia, quedar atrapados en esta lógica de guerra establecida por los gobiernos y las organizaciones criminales. Por ello, el asunto de las drogas debe ser asumido como un problema social, económico y de salud. Sólo así podremos acotar la usura del crimen y evitar que nuestros gobiernos se vuelvan, en nombre del poder y de la seguridad, una instancia represora semejante a la de los criminales.

Si logramos escapar a la falsa propaganda de esta guerra que está envenenando todo y logramos poner en el centro de la conciencia ciudadana la necesidad de regular las drogas, de controlar el flujo de armas, de intervenir de manera contundente en el lavado del dinero, de salir de la lógica de seguridad nacional y entrar la de seguridad humana que fortalezca el tejido social; si logramos también poner en el centro de esa conciencia la necesidad de proteger a los migrantes y buscar sobre cualquier interés la dignidad humana, podremos entonces entre todos cambiar las fallidas políticas de seguridad de nuestros gobiernos y regenerar la vida democrática sin la cual no encontraremos la paz ni la justicia que hace a las buenas sociedades.

Entramos, pues, a territorio estadounidense llevando en nuestro dolor y nuestro amor —esa sustancia regeneradora de la democracia—, como un día los colonos del siglo XIX llevaron en sus carretas sus enseres y sus sueños. Entramos también por la ruta inversa como un signo contrario a la colonización y como una afirmación de que la democracia, es decir, lo que aquellas familias fueron tejiendo dolorosamente en medio de injusticias y en lo mejor de ellas mismas, es lo único que hoy puede salvar la dignidad, la paz y la justicia frente a la equívoca barbarie de esta guerra. Cargamos un sueño: el sueño de que llegará el día en que nadie más será asesinado, secuestrado, despreciado, asediado a causa de la usura de las armas y de la droga o a causa del abuso del poder, y así, como lo soñaba Pound, tal vez algún día podamos volver a tener trigo de montaña y fuerte harina, maíz, demarcaciones claras y habitaciones para todos.

12 de agosto de 2012

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