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Pedro Leyva Domínguez

220

Drug Violence in Mexico

Guerra a las drogas

Informe Bourbaki

Superar la impunidad

Participación de Javier Sicilia en marco de 45 años de Nacla

    • En lo 45 años de NACLA

    Nueva York, Estados Unidos, 11 de mayo de 2012 (Javier Sicilia) .-  Es un inmenso honor estar con ustedes en la celebración de los 45 años de NACLA. Toda celebración que lleva tras de sí la dignidad de los hombres es motivo del más alto regocijo, el del alma. Sin embargo, junto con esta alegría traigo también conmigo una inmensa pena que comparto con ustedes que son parte de la gran reserva moral que hay en Estados Unidos: el dolor de mi país que la guerra contra las drogas ha desatado y cuya presencia tiene no sólo el rostro de mi hijo asesinado, sino el de más de 50 mil que han sufrido el mismo destino, más de 20 mil desaparecidos, más de 250 mil desplazados, más de 8 mil huérfanos, cuyos números aumentan día con día, y el 98% de impunidad. Detrás de todo ese dolor están también miles de familias desgarradas y una población ocupada por el miedo. Hay muchas zonas del país en donde el estado de excepción se ha vuelto una realidad en lo factos.

    Este dolor, que va de la mano de la corrupción del Estado y de los partidos, de la ineptitud del presidente Felipe Calderón, que sólo tiene imaginación para la violencia, y de la impunidad de los criminales, tiene su origen en los Estados Unidos.

    Desde que el presidente Nixon decretó hace 40 años la guerra contra las drogas, su consumo no sólo ha ido en aumento, sino que ha generado esta inmensa ola de violencia. Lo que vivimos en México es, en su horror, la expresión del dolor y de la destrucción que esa misma guerra ha generado en muchos territorios de nuestro continente. Desde México, pasando por Centroamérica, Colombia, Brasil y muchos barrios de muchas ciudades de los Estados Unidos, el sufrimiento que ha causado, revela, en su espantoso fracaso, su capacidad para producir dinero sucio. El tráfico ilegal de estupefacientes y la guerra para combatirlo se han convertido en dos de los negocios más grandes del mundo, comparables al del petróleo.

    Debajo de la aparente legitimidad del combate –toda guerra construye legitimidades abstractas–: alejar a la juventud del vicio y la enfermedad que producen las drogas, en realidad se encubre la suciedad del dinero y se expresa lo irreparable del dolor. Esa legitimidad no sólo ha destruido muchas más vidas que las que arrebata el efecto de algunas de las sustancias prohibidas, sino que también ha desgarrado el tejido social, destruido pueblos y comunidades, sembrado la miseria y el miedo, puesto en peligro la seguridad nacional de todos los países involucrados, y agudizado nuestro problemas que se traducen en falta de bienestar, desestabilización social y mayor migración. Ha fortalecido, además, las grandes estructuras criminales que no sólo se enriquecen gracias a las condiciones que propicia el mercado ilegal de las drogas y de las armas que diariamente entran en territorio mexicano, sino que, a través de esas armas, expanden su acción criminal hacia el tráfico de personas, la extorsión y el secuestro. En América Latina ha corrompido a las instituciones públicas al grado de dejarnos a merced de una criminalidad que cuenta con la omisión y la complicidad de muchísimas autoridades. En Estados Unidos ha servido, a través de su sistema financiero, para lavar fortunas amasadas con la sangre y el dolor de los mexicanos. Mientras del sur viene la droga que nadie, en ningún lado de nuestras fronteras detiene, del norte llegan las armas que tampoco nadie detiene y que los carteles, enriquecidos por la inmensa demanda de los consumidores norteamericanos, compran en armerías norteamericanas para imponer su ley y martirizar a nuestra gente. Como en tiempos de la prohibición del alcohol, esta nueva prohibición ha generado también hampa, corrupción, violencia y muerte.

    Hoy, en que he venido con ustedes a celebrar 45 años de dignidad y de resistencia moral, he venido también a compartir está espantosa realidad que nos hermana, esta experiencia de dolor y sufrimiento, pero también, ustedes lo saben tanto como yo, de resistencia y dignidad frente a la barbarie de esta guerra. Muchos en México hemos dicho que estamos hasta la madre y desde hace un año nos pusimos a caminar para visibilizar a las víctimas, para recuperar sus nombres y sus historias, para colocar en el centro de la ceguera política y de la conciencia ciudadana, la emergencia nacional que vive México, para hacer justicia a las víctimas –que la política de guerra del presidente Calderón había criminalizado, y la corrupción de las instituciones de justicia del Estado, despreciado—y encontrar una ruta hacia la paz. Queremos ahora caminar también con ustedes, con la reserva moral de los ciudadanos y ciudadanas de los Estados Unidos y con nuestros hermanos migrantes que buscan aquí la oportunidad que sus países les niegan y que también están siendo afectados brutalmente por la guerra. La responsabilidad de los Estados Unidos en este horror es, como lo hemos visto y lo sabemos, inmensa y, al igual que lo hemos hecho en México, debemos juntos poner en la conciencia de los ciudadanos de Norteamérica y de sus gobiernos, no sólo su responsabilidad, sino la necesidad de detener esta pesadilla y salir juntos del infierno que compartimos.

    Ustedes saben bien que esta guerra es absurda e inútil y que estuvo perdida desde que se inició. No debemos permitir que un problema de salud pública, el de las drogas, continúe siendo tratado como un asunto de seguridad nacional que se combate mediante la violencia. Tampoco debemos permitir que un problema de seguridad nacional, el de las armas, continúe sin controles férreos y abandonado a la ilegalidad y al capricho de los interese de los grandes capitales. Ambas políticas deben tomar otro derrotero.

    Por ello, hoy que NACLA celebra 45 años de lucha por la dignidad, los invitamos a que caminemos juntos en la caravana que el 12 de agosto saldrá de la ciudad de San Diego rumbo a Washington.

    No pretendemos crear un mundo en donde el mal no exista y los inocentes no sean ya asesinados –esas pretensiones, que son las de los puritanos, terminan siempre por producir mayores crímenes–, pero si nos unimos, si caminamos juntos y convocamos la reserva moral de ambos países, podemos contribuir a su disminución y detener esta guerra estúpida, esta guerra que nos está humillando y deshumanizando a todos, esta guerra que, como toda guerra, es una negación de la bondad de la vida y la exaltación del capital, eso que dos grandes escritores, Giovanni Papini y Léon Bloy, definieron como “el excremento del diablo” y “la sangre del pobre”.

    Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés.

    Javier Sicilia

     10  de mayo de 2012 

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